04 10 2014 cuando el amor por las letras florece en otono

¿Qué lleva a una mujer de 73 años a estudiar la Maestría en Creación Literaria, cuando la mayoría de las personas de su edad piensan en un plácido retiro?

Cilia Rojas de Molano se ha propuesto hacerse un nombre en el arduo mundo de la literatura, tras décadas de transitar por las sendas de la bacteriología y la administración de empresas. Esta es la historia de una mujer que ha descubierto el secreto para mantenerse siempre joven y vital: el amor al estudio y la inquietud por aprender cada día más.

Noticentral: ¿Quién es Cilia Rojas de Molano?

Cilia Rojas: Soy una mujer muy trabajadora y apasionada por la lectura. Desde muy pequeña adquirí esta disciplina y aprendí a interesarme por todo lo que me rodea. Tengo 73 años, soy viuda y tengo una hija que estudió psicología organizacional, y un nieto. Con estos años, aún conservo mucha energía y vigor para seguir adelante. A veces me quedo trabajando hasta la una de la mañana y me levanto a las cinco.

N. C.: ¿Qué recuerdos guarda de su infancia?

C. R.: Nací en Tuluá y pasé mi infancia con mis padres y siete hermanos. Vivíamos en una casa muy grande, con un enorme solar donde había muchos árboles frutales. Allí jugaba y me divertía con mi familia. Sin embargo, mamá me obligaba a estudiar; de hecho, cuando entré al colegio a los siete años ya sabía leer y escribir.

A propósito de la escritura, recuerdo una anécdota de mi infancia: como nací zurda, desde muy pequeña mi mamá nunca trató de enseñarme a escribir con la mano derecha, pero las monjas franciscanas del colegio donde estudié sí, aunque con métodos poco benevolentes, me ataban la mano izquierda a la espalda; si no obedecía me pellizcaban o me pegaban con un cordón de San Francisco.

N. C.: ¿Qué estudió Cilia Rojas?

C. R.: Estudié bacteriología en el Colegio Mayor de Cundinamarca. Terminé en 1965 y comencé a trabajar en el Hospital de La Misericordia. El trabajo allí me dio muy duro, pues me pasaba todo el día en un laboratorio analizando muestras. Esa falta de contacto con los pacientes me hacía sentir como una máquina de producir datos. Esto me llevó a estudiar por las noches un posgrado en administración de empresas, en la Escuela Superior de Administración Pública.

Luego, el director del Hospital San Antonio de Chía se enteró que me había graduado con honores en bacteriología y me llamó a trabajar allí. En este lugar, el trabajo era muy diferente, tenía la oportunidad de atender los pacientes. Después me llamaron a trabajar en la división de investigaciones nutricionales del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar. Desde esa época siempre he tomado seminarios y cursos de actualización en mi profesión. Regresé a Tuluá en 1979 y compré un laboratorio clínico, donde trabajé a diario hasta hace cuatro años. Por fortuna, cuento con empleados muy buenos, lo que me permitió regresar a Bogotá en 2011 a estudiar la especialización en Creación Narrativa en la Universidad Central. En la actualidad, estudio la maestría en Creación Literaria. Administro el laboratorio por internet, pues para eso están las redes, y trato de viajar a Tuluá una semana cada mes para coordinar el trabajo.

N. C.: ¿Cómo se enteró de la Especialización en Creación Narrativa que ofrece la Universidad Central?

C. R.: Tengo una larga amistad con el escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal; un buen día cayó en sus manos un prospecto publicitario de la especialización en Creación Narrativa. Como él sabía que me gustaba escribir, me entregó el prospecto y me dijo: "Usted ahora puede hacer esto. Estudie lo que le gusta". El escritor me recomendó con los responsables de la especialización, de manera que comencé a estudiarla en de 2011. Me gradué en febrero de 2012 y, como ya existía el proyecto de la maestría, estuve muy pendiente de que se abrieran las inscripciones. Cuando esto ocurrió me matriculé y me homologaron casi todas las materias de la especialización.

N. C.: ¿Qué obras ha escrito?

C. R.: Toda la vida escribí versos. Un buen día, a la salida de un evento cultural, Ómar Francisco Ortiz, un poeta de Tuluá, me dijo: "Usted debe escribir, porque siempre viene y participa". Le contesté que había escrito algo, pero nada importante. Ómar me propuso que recopilara mis textos y se los mostrara a Gustavo Álvarez Gardeazábal. Él leyó mis escritos y me animó a editarlos. Fue así como publiqué, en 1996, mi primer libro de poemas, titulado Sueños y realidades. Escribí ese libro sin saber mucho de literatura; de este se imprimieron mil ejemplares, pero no para la venta; solo con el fin de regalarlo a los amigos.

En 2002, publiqué otro libro que quiero mucho y que está mejor escrito: La Ortiz, una lombriz feliz. Es un libro didáctico sobre la producción del compost, un fertilizante que producen las lombrices de tierra. Me motivó a escribirlo la niña de una escuela rural donde enseñaban a los alumnos a cultivar las lombrices que me dijo: "Quiero que me escriba un cuento para mi lombriz". Gustavo Álvarez también me ayudó a publicarlo y se sacaron dos ediciones cada una de dos mil ejemplares, que se regalaron a los niños de las escuelas rurales.

Cuando formaba parte del Club de Leones de Tuluá, escribí un artículo titulado "Aun con la diabetes se puede ser feliz". Tenía como fin motivar a las personas diabéticas, ya que muchas veces sienten que sus vidas están limitadas. El artículo se publicó en un casete, que se grabó en RCN Tuluá.

N. C.: ¿Qué le han aportado la especialización en Creación Narrativa y la maestría en Creación Literaria?

C. R.: Tanto la especialización como la maestría me han dado una visión diferente del oficio de la escritura. Siempre lo digo: "Yo llegué aquí y lo primero que hice fue aprender a leer". Desde los 8 años he sido una lectora voraz, pero en realidad es muy diferente leer un libro con la visión de un escritor, porque uno aprende a analizarlo y a ver todo lo que lleva escondido. Ese es un aporte muy importante de la especialización y de la maestría. Por otra parte, mis estudios en la Central han hecho que me de cuenta de lo mucho que necesito aprender. Mis profesores son muy buenos y cuentan con una gran trayectoria. También debo destacar que en la tutoría solo somos cuatro estudiantes, lo cual es un privilegio, ya que las clases son personalizadas. Cada estudiante le envía al tutor lo que ha escrito; él lo imprime y lo analiza. Después se sienta con cada uno de nosotros y nos explica todas las observaciones.

N. C.: ¿Cuáles son sus escritores favoritos?

C. R.: Cuando tenía entre 20 y 25 años, era fanática de Shakespeare. Después ya me gustaban escritores como Cortázar y Borges. Ahora estoy muy entusiasmada con J. M. Coetzee y con Alice Munro.

Es usted todo un ejemplo de vida, también saber que aún tiene mucha energía y ganas de aprender, de continuar superándose día tras día. ¿Qué consejos les daría a aquellos estudiantes que no aprovechan las oportunidades y los esfuerzos de sus padres o a los que desertan con facilidad de su carrera?

C. R.: Les daría el mismo consejo que le di a una bacterióloga hace 30 años, cuando iba a iniciar su carrera: "Llegue a la universidad pensando que todo lo que le van a enseñar le servirá y lo va a necesitar en su vida. Si usted no asistió a una clase hoy, quizás cuando vaya a trabajar se encontrará con algo que no sabe por no haber estado en esa clase". Segundo, les recomiendo que si hoy les dejan, por ejemplo, un libro para leer, que mañana mismo lo busquen o lo compren, de manera que cuenten con el tiempo suficiente para leerlo. El secreto consiste en aprovechar el tiempo, todos los minutos. Es algo tan sencillo como cargar un libro: ¿cuánto tiempo pierde uno en un banco haciendo fila? Si ese tiempo se aprovecha, se pueden leer diez páginas casi sin darse cuenta.

Gloria Yineth Perilla Enciso
Coodinación de Comunicaciones
Bogotá, D.C., 09 de abril de 2014
Imagen: Departamento de Comunicación y Publicaciones

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