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El periodista Daniel Samper Pizano se dirige a los graduandos de la Facultad de Ciencias Sociales, Humanidades y Artes

 

Desde 2014, los grados de la Universidad han contado con invitados especiales cuyas palabras inspiran a los nuevos profesionales que la Instiución le entrega al país. A continuación, reproducimos el discurso que ofreció Daniel Samper Pizano ante los jóvenes de la Facultad de Ciencias Sociales, Humanidades y Artes.

En defensa del humor

Señor rector, señores directivos y señores profesores de la Universidad Central.

Señores estudiantes y graduandos.

Señoras y señores.

El atentado que sufrió el semanario satírico francés Charlie Hebdó el pasado 7 de enero, en el que murieron once personas ─entre ellos varios periodistas─, ha puesto sobre el tapete, de la manera más dolorosa, el debate sobre los límites del humor.

Abundan las preguntas. ¿Es posible convertir en tema de mofa y risa cualquier situación y personaje? ¿Hay acaso materias que, por alguna razón, conviene blindar ante la caricatura o la burla? ¿No tiene límites el humor? Si los tiene, ¿cuáles son ellos?

El bárbaro asalto, en el que dos enmascarados dispararon más de cincuenta tiros contra un grupo indefenso de personas, se cometió como reivindicación de la imagen de Alá, el dios de los mahometanos, al que Charlie Hebdó pretendía desacralizar, como lo ha hecho con todos los demás dioses.

La reacción social del primer momento fue instantánea: condena de la masacre, solidaridad con las víctimas, defensa de la libertad de expresión como uno de los valores no negociables de una democracia. Millones de personas desfilaron en diversas ciudades del mundo portando un letrero que decía: "Je suis Hebdó".

Sin embargo, no tardó mucho en salir a flote una actitud que, aunque no condonaba la matanza, se preguntaba, más o menos, si los humoristas del semanario no se habían ganado a pulso el ataque por pisar los terrenos de los grupos religiosos extremistas. La derecha francesa fue la que primero recogió esta mala idea. Pero muy pronto se extendió a otros círculos la sensación de que Charlie Hebdó se había buscado semejante destino y consideraban lamentable, pero explicable, que hubiera ocurrido semejante matanza.

Confieso que me sorprendió ver cómo el papa Francisco, que por varias razones suscita mi admiración, se alinderaba con los que sostienen que el semanario había encendido la candela y ahora no tenía derecho a quejarse de que se le quemaran las manos. Fue, ustedes lo recuerdan, aquella lamentable frase de que "si un amigo insulta a mi madre, le daré un puñetazo". Esta versión vaticana del célebre "le rompo la cara, marica", estuvo seguida por una condena del empleo de la sátira contra las religiones.

Aún el admirable historiador Alberto Manguel, nada sospechoso de represor, comenta en un reciente artículo en El País: "El texto satírico que, si es eficaz, ofende, debe hacerlo no solo con justicia sino sutilmente" y ─agrega─ ha de "obedecer a un impulso artístico". Esto ya le cuelga dos requisitos más a la sátira "aceptable": que sea justa y que ofrezca calidad artística. Sobra decir que ni siquiera con semejantes condicionamientos se ha solucionado el problema, porque la aceptación de la sátira dependerá de lo que cada quien ─el papa, el presidente, el dueño del medio de comunicación, el terrorista, el conductor de buseta, el estudiante─ considere que es justo o es artístico.

Para mayor confusión, no faltaron los gobernantes que desfilaron por las calles de París en pro de la libertad de prensa, mientras en sus países de origen ahogan la libertad de expresión, sojuzgan a la prensa y persiguen a los periodistas críticos.

Yo soy un convencido defensor del humor, pero no me sorprende que, en medio de la alharaca a veces falsa en pro de la libertad, aparezcan voces que atenúan o modulan este derecho. Hay que tener cuidado: donde aparece un resquicio, el poder asoma el hocico. El humor y el poder han sido siempre enemigos y constituye grave peligro permitir que la religión, el Estado o el capital fijen nuevos límites conceptuales, propongan excepciones ilustres a la libertad de expresión y dicten las normas aceptables y las no aceptables en materia de humor.

La historia demuestra que los poderosos desconfían de la risa. Saben de su capacidad corrosiva y les parece tóxica. Si ustedes revisan el Antiguo Testamento, encontrarán guerras por doquier, abundantes asesinatos, esclavitud, niños en venta, numerosos adulterios y pecados de todo tipo. También vidas virtuosas y circunstancias ejemplares. Pero risas, no. La Biblia ora, sufre, llora, goza, asombra, escandaliza, enseña. Pero no ríe. El único personaje que se regala el lujo de la carcajada en las páginas bíblicas es el profeta Daniel, adivinador de sueños y domador de leones. Por eso numerosas imágenes suyas lo muestran sonriente y fresco. Así lo vemos en la estatua del santo que gobierna el pórtico de la catedral de Santiago de Compostela, donde no solo sonríe con mandíbula batiente, sino que ejercita un curioso pase de taquito con un balón invisible.

Muchos adalides espirituales que la historia cristiana propone como modelos suelen ser tipos oscuros, seriotes, graves, amenazadores. Recuerden que Clemente de Alejandría pide a los buenos cristianos "desterrar de nuestra convivencia a las personas que hacen reír", y san Leandro proscribe "la grosería de la risa". En un reciente artículo, el filósofo Fernando Savater considera absurdo renunciar "al humor, la sátira o la crítica" por el hecho de que "algunos religiosos se tomen demasiado en serio con el pretexto de que hay que respetar al profeta de sus preferencias".

La pregunta es si actúan así porque Dios, su inspirador, tampoco sabe reír. El tema da para muchas cucharadas de teología. Hay, como siempre, para todos los gustos. Un conocido sacerdote y periodista español, José Luis Martín Descalzo, sostiene en un libro que Dios es alegre. Pero lo contrario afirma Umberto Eco en 'El nombre de la rosa', uno de cuyos personajes odia la risa por considerarla obra del demonio. No está mal acompañado el monje, pues el poeta francés Charles Baudelaire y el cuáquero escocés Robert Barclay vislumbran una almendra satánica en el humor. Nuestro pensador colombiano de cabecera, Nicolás Gómez Dávila, opina con una pizca de risueña resignación que "el mejor paliativo de la angustia es la convicción de que Dios tiene sentido del humor".

¿Y qué decir de los gobernantes enemigos del humor? Algunos de ellos, como los de Venezuela y Ecuador, florecen en nuestro vecindario y otros han dejado muy claro que no comulgan con bromitas. Incluso de Stalin se decía que le encantaban los buenos chistes y que disfrutaba con las ocurrencias del líder comunista judío Karl Radek. Hasta que un día de 1937 se le apagó la simpatía al jefe soviético y mandó fusilar al gracioso.

Defiendo el humor porque es una forma de expresión que pone armas notables en manos de los débiles. Los terroristas de Al Qaeda tuvieron que acudir a los fusiles para intentar acallar a quienes no compartían su idolatría religiosa. Muchos gobernantes saben que el humor crítico aplica frenos, señala defectos, pincha llagas, busca corregir y mejorar. "La meta de la sátira es la reforma y la meta de la comedia es la aceptación", escribió el poeta W. H. Auden.

Pero, además, porque es la más humana de las maneras de comunicarse. El hombre no solo es el único animal que ríe; es el único que hace reír a sus semejantes.

Lo defiendo, también, porque es el aceite que permite el rodaje armónico de muchas relaciones, hace más fáciles los caminos y más amables los entornos. Cuando el célebre editor Herbert Ross fundó The New Yorker, la excelente revista literaria, planteó una filosofía clara: que el humor contamine todas las páginas.

Lo defiendo, además, porque es el más eficaz remedio contra la soberbia, la solemnidad y el fanatismo. El conocido escritor judío Amos Oz, después de haber sido apasionado sionista en su juventud, descubrió que no conquistaba más adeptos plantándose en los extremos que apoyado en posiciones tolerantes. Entonces se convirtió en declarado enemigo del fanatismo, como lo atestiguan muchas de sus novelas. En ellas practica su nuevo credo, que define así: "El humor es el único antídoto para el fanatismo. No he conocido nunca un fanático con sentido del humor, ni un hombre con humor que sea fanático".

Otra ventaja del humor es que constituye adecuado mecanismo de apoyo y desahogo psicológico. Está demostrado clínicamente que personas sometidas a regímenes de pavor lograron alivio aplicando a su situación la vacuna del humor. Manifiesta el psicólogo británico Anthony J. Chapman: "La risa puede prosperar cuando hay personas oprimidas, desposeídas o víctimas de dolor agudo: estas circunstancias pueden ser maná para la risa" . También en otras circunstancias médicas el humor constituye un alivio de diversos males y enfermedades, como lo demuestran los tratamientos de risoterapia.

Hay quienes consideran peligroso no poner linderos al humor y tienden una alambrada en torno a ciertos temas que, según su criterio, deben estar fuera del alcance de la sátira. Conceder libertad sin límites al humor, afirman, es crear un monstruo con licencia para el irrespeto y la mofa.

De allí surge le nefasta tendencia de lo políticamente correcto, que procura hacerle la exodoncia a los colmillos y la manicure al tigre del humor; quitarle fuerza a su mordida, limar sus garras, despojarlo de todo arista que pueda herir alguna susceptibilidad u ofender mínimamente al prójimo.

Es preciso aceptar que poco a poco los partidarios de la corrección política han logrado imponer cotas al idioma y al humor, hasta el punto de que se ha desvirtuado el lenguaje popular que llama negro al negro, calvo al calvo y gorda a la gorda. ¿Será preciso decir en adelante que "la ocasión la pintan capilarmente menguada" y preguntarnos: "¿Máma, qué será lo que quiere el afrocolombiano?".

No es verdad, sin embargo, que la libertad de expresión alimente un humor sin límite alguno. El humor tiene sus fronteras y funciona dentro de una ecología racional. Las más claras aparecen en la Constitución Nacional y el Código Penal: lo mismo que los ciudadanos del montón, ningún caricaturista ni humorista puede acusar a persona alguna de un delito sin pruebas de su acción. Tampoco se le permite, por ejemplo, la incitación directa y pública al genocidio, ni la defensa de la pornografía infantil, ni violar otras las normas de protección del menor, ni la injuria grosera.

Lo más importante es, como ya lo advertía Henri Bergson en su famoso tratado de 1899, que la risa es un fenómeno social y, por ende, está sometida a circunstancias sociales. Así lo han reconocido los principales pronunciamientos internacionales y nacionales sobre el ámbito protegido de la libertad de expresión. Es, en el caso colombiano, la sentencia T-391 del 22 de mayo de 2007 dictada por la Corte Constitucional.

La consideración del humor como acto social plantea a modo de corolario que si bien hay pocos temas vedados a él, las audiencias del humor son diversas y cambiantes.

Cualquier audiencia abarca, necesariamente, tres elementos:

1) Un emisario que se comunica con ella, y que en este caso es quien activa el humor (ya sea contar un chiste, dibujar una caricatura, escribir una comedia, soltar un apunte casual, escribir una columna...).

2) Un mensaje, que es justamente el despacho de humor que envía el emisario.

3) Un público que lo recibe.

Todo despacho de humor es susceptible de ser enviado (en ese sentido, "no hay chiste que no pueda contarse"), siempre y cuando se entiendan las condiciones de la audiencia; es decir, la relación entre quien lo cuenta, quien lo oye y el chiste en sí.

La adecuación de estos elementos calibra la pertinencia del despacho (llamémoslo chiste, para simplificar). En el fondo, lo de menos es el chiste y lo de más son los elementos de sintonía entre quien lo refiere y quien lo recibe. El cambio en ese equilibrio puede ser radical. Imaginemos un condenado a muerte que cuenta un chiste, hace una broma o dice un apunte sobre la silla eléctrica. En ese caso tendríamos que aceptar que se trata de una expresión de humor aliviadora o liberadora. Sin embargo, el mismo chiste, la misma broma o el mismo apunte pronunciado por su verdugo es una expresión de humor enfermizo y perverso.

Un chiste judío contado entre judíos denuncia envidiable capacidad de reír de sí mismos. Idéntico chiste contado entre personas ajenas al judaísmo podría ser visto con jocosa tolerancia o interpretado como antisemita.

La audiencia de Charlie Hebdó es la calle: el ciudadano lector. Que es la misma audiencia que buscan las religiones: el ciudadano creyente. ¿Con qué argumento, entonces, se pretende que los humoristas se abstengan de criticar aquello que les parece susceptible de tacha en una idea que busca atraer a los mismos individuos a quienes se dirige la objeción?

Lo acontecido en la redacción de Charlie Hebdó, lo sucedido días después en Dinamarca y muchos otros atentados contra autores satíricos nos están diciendo que es posible que una sociedad viva sanamente sin ídolos religiosos. Lo que no puede es sobrevivir sin humor.

Muchas gracias.

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Bogotá, D.C., 27 de febrero de 2015
Imágenes: Departamento de Comunicación y Publicaciones

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