10-22-2014-conversatorio-jorge-franco

 

En conversatorio con Jaime Echeverri, el escritor Jorge Franco habló de su obra literaria y de la experiencia creativa ligada a esta.

Jaime Echeverri, profesor de maestría en Creación Literaria, condujo el conversatorio del escritor antioqueño. Echeverri fue su tutor y acompañante permanente de formación desde la participación del autor en el Taller del Escritores de la Universidad (TEUC). Hoy fue su entrevistador. La enigmática filiación discípulo-maestro refulgió durante toda la noche. El itinerario fue sencillo: sondear su producción creativa, haciendo particular énfasis en la herramienta por antonomasia del invitado: la anécdota. La conversación giraba en torno de sus obras, pero inevitablemente resultó hablando de su vida y de lo imposible que resulta separar un asunto del otro.

"La escritura es un ejercicio de la memoria, ejercido de una manera creativa. Tengo baches en mi memoria y muchos son de lecturas". No obstante, recuerda lúcidamente sus influencias más lejanas, los clásicos infantiles: los hermanos Grimm, Perrault, Andersen e inusitadamente Shakespeare. De este asevera heredar el dramatismo de su estilo y señala al dramaturgo británico como la fuente a través de la cual aprendió a hacer diálogos, ya que este aspecto le costaba considerablemente cuando empezó a 'padecer' la disciplina. "Mediante los diálogos se conocen a los personajes por lo que dicen y hacen, sin necesidad de narrador". Esto mismo lo hablaba por aquella época de formación con su maestro Echeverry, tenía que hacer ejercicios sin voz narradora, actos repetitivos que le ayudaron notablemente en el desarrollo de sus historias posteriores.

Mala noche: con este texto se hace merecedor del Premio Ciudad Pereira. Narra la vida de una mujer que oye por la radio un programa conducido por un torero sumido en la decadencia. En esta novela ya se trasluce un factor común en toda la obra de Franco, el trasfondo de la noche: la cartomancia, el sexo, la violencia, el insomnio; todos los demonios que poseen a sus personajes serán vástagos de la oscuridad o de la ausencia de la luz.

Rosario Tijeras: sobre esta novela no se tiene mucho más que decir, salvo que Franco tuviera como objetivo el conjugar en un solo personaje femenino —sobre el piso de los templos de la época, las discotecas— todos los arquetipos de la sordidez: el sicariato, el tráfico de drogas, la sensualidad, la perdición y el encuentro del alto y el bajo mundo de Medellín. El escritor esgrime con sensatez que además de aquello, "Rosario no tenía nada extraño aparte de matar, aunque en Colombia eso ya no es extrañeza".

Echeverry agrega que se trata de una novela equilibrada, a la que no le falta ni le sobra nada. Asimismo, Franco no oculta su desazón por esa bendita costumbre de los medios y de los críticos de etiquetar: sintió siempre injusto el ser incluido dentro de la lista indecorosa de los escritores de la 'sicaresca colombiana'. Su afán no era vender libros, sólo tenía una deuda con todos esos sucesos inverosímiles que sucedieron en la Medellín de los 80. No obstante esta desagradable asociación con la escritura de moda, Rosario le cambia la vida, el joven escritor ya no buscaba a los editores, estos ahora lo invitaban a almorzar.

Paraíso travel: por la anterior razón, la de la vinculación con la literatura sensacionalista, es que en parte decidió cambiar de frente. Empieza a investigar sobre los inmigrantes colombianos en 'la USA'. Los amores y los fracasos en torno al sueño americano conforman el tornasol de esta historia. Pero esto no es poco importante: se empieza a ver otro axioma insoslayable en la obra de Franco: el amor como objeto provocado por la mujer. El amor, sea frustrado o anhelado, conforma el acicate de todas sus historias, es su perfume, es el aire que transpiran todos sus personajes, y el que los mata.

Melodrama: con esta obra, considerada la más experimental de su producción, quiere seguir reinventándose, con la particularidad de que busca dejar la mujer soñada y describir más a la mujer de carne y hueso.

Como en una conversación de cafetín en el centro del Poblado, el invitado empieza a contar que un día supo de oídas acerca de una mujer colombiana que había sido condesa en Francia: Divina Guerra. Su hijo, un joven extremadamente apuesto había conocido a una pareja de condes infértil. De algún modo lo adoptan. Pero para que él pudiese ser heredero, tienen que hacer que el anciano contraiga matrimonio con la madre del muchacho. La inverosímil historia constituía la oportunidad perfecta para que, al mismo tiempo, pintara lo que deseaba desde hacía tiempo, el emblemático cuadro de una familia de talante paisa, lo que sentía como una de sus deudas como escritor de esas tierras. Para esto se remonta a los albores del siglo XX en esa Antioquia rural preñada de minas de oro y apenas rudimentaria en el aspecto industrial.

Esta empresa le llevó cuatro años y más de cuatrocientas páginas. En este lapso de su producción creativa, Franco desea desembarazarse de su fidelidad por escribir las historias originales, su caldo de cultivo preferido. Por el contrario, aquí se empieza a ver con más denuedo la máxima a la que se adhiere, según la cual la esencia de la literatura es la ficción. Así que le da vuelta a la historia. La descentraliza, lleva a esa mujer antioqueña que manejaba una cantina en Puerto Berrío y la pone a cavilar en París. Asimismo, el muchacho, encarnación de un nuevo adonis, lo torna en un doliente del sida, y a la madre y al hijo de la historia real los convierte en un par de socios inmersos en la aristocracia francesa. Es la novela más lúdica que ha hecho, una de las que más se ha gozado al escribir.

El mundo de afuera: a consideración del escritor, esta novela constituye su obra más cercana al germen autobiográfico. Sigue jugando con ese caucho de la niñez que vibra entre la realidad y la fantasía, queriendo tensarlo más sobre esta última.

Franco propugnó por plasmar esa nostalgia que le despierta su infancia, al recordar la atmósfera hippie que invadía a Medellín para aquel entonces. Con todo y eso, esa bifurcación de la realidad y la ficción se disolvió cuando recordó a un excéntrico hombre que en los años 70 vivía a la manera del siglo XIX. No contaba con sirvientes sino con pajes, los cuales permanecían ataviados con guantes impolutamente blancos. Este hombre era el dueño de la única limosina que recorría Medellín. Se rumoraba que su hija se había muerto muy joven, y que la mantenía embalsamada al lado del piano o al lado de la casa de muñecas, ubicada en el castillo donde asentaba su suntuosa humanidad. No obstante, el principio de realidad, como diría un discípulo de Freud, llegaría con el desenlace de la historia. Este extravagante hombre sería la primera víctima de secuestro en esa lista interminable que aún no cesa en la historia inmerecida de la capital de la montaña. El suceso dibujaba con puntales escarlatas el comienzo del narcotráfico.

El componente fantástico de la novela es inducido por Franco obedeciendo a una experiencia vital, a una experiencia personal. Por aquel entonces el escritor era padre primerizo, y sintió en sus entrañas la necesidad indeseada de la sobreprotección. Tradujo sobre el papel parte de su delirio paternal, que le impulsaba a construir una fortaleza, un castillo como el del anciano que vivía aún en los recovecos de su memoria. Así fue, puso al anciano sibarita a proteger a Isolda, por lo que la niña no podría hacer otra cosa que tratar de sentirse a gusto en su encierro, huirle a la soledad creando personajes mitológicos que la acompañasen en el confinamiento.

Franco cierra la percepción de esta novela con una frase no del todo manifiesta que podría encerrar en sí misma todos los detrás de bambalinas de la literatura universal: al ser la vida de un escritor promedio una vida sin sobresaltos, se hace escasamente atractiva para el público, de modo que una autobiografía no es la materia prima de la literatura. El camino es hacer de la vida propia una ficción.

Camilo Andrés Cuesta Moreno
Redactor-corrector de estilo
Coordinación de Comunicaciones
Bogotá D.C, 22 de octubre de 2014

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