07 16 2013 la plaza de los martires

A través de una crónica, el estudiante de Comunicación Social y Periodismo, Juan Manuel Torres, nos invita a recordar la historia de este emblemático lugar de Bogotá. 

El presidente Manuel Murillo Toro puso la primera piedra de un monumento en la plaza de Los Mártires, como un recuerdo del noble principio de la libertad y del sacrificio que este reclama. Conocida como la Huerta de Jaime, patíbulo de nuestros próceres, es una plaza prisionera en el tiempo, testigo innegable del sacrificio de aquellos que cayeron en nombre de la independencia, bajo el régimen del terror, víctimas del pacificador Morillo, de la reconquista que nunca se fue y la libertad que jamás llegó.

Años más tarde, otro símbolo se elevaría en aquel lugar, la iglesia del Voto Nacional, emblema de la paz y bandera de la reconciliación, que clamaba por el final de una guerra cruenta como ninguna otra en nuestra historia.

Largas caravanas de automóviles se alinearon bajo el sol de mediodía. La multitud se había agolpado en el cruce de la calle décima con carrera quince. La algarabía regía en medio de aquella vía repleta de vendedores ambulantes ubicados de tal manera que formaban una gran red humana. Los caminantes desprevenidos quedaban atrapados entre los pregones que promocionaban una casi infinita variedad de cosas.

Crucé la calle en medio de los insultos y pitidos de algunos conductores atrapados en aquella monumental confusión. El semáforo seguía en verde. Impacientes, casi engullendo el timón con sus manos, esperaban y clavaban sus miradas inquietas en él y, en cuanto cambiaba, aceleraban angustiosos por no poder escapar de aquel tormentoso encuentro.

Al llegar al otro lado de la calle, el panorama había cambiado sustancialmente. La multitud, desorganizada y ansiosa, se dispersaba bajo la sombra de un obelisco que se impone en medio de la plaza. En un costado de esta, una imponente iglesia emerge de entre las inexpugnables edificaciones derruidas. Viejos separadores de la policía, oxidados por la inclemencia del tiempo y la dureza de las caricias atmosféricas, la rodean. Cerca de la entrada del templo, una fila de pequeños vehículos color rojo y amarillo hacen guardia mientras un grupo de desaliñados peregrinos se aposta en la acera del frente en posición de súplica. Miran hacia la nada. Son contemplados desde las alturas por san Martín de Porres y santa Rosa de Lima, patronos de la justica social, de la unidad nacional.

De repente, como salidos desde el mismo erebo, como muertos vivientes que despiertan de sus tumbas, erráticos y con la mirada perdida, numerosos habitantes de la calle, en tropa, asoman a la plaza. Se abalanzan sobre el obelisco de Los Mártires y, como si representaran la caída de los próceres, en un acto involuntario se desploman bajo el talón del monumento. Sus implementos –un costal de lona, un tarro de pegante y una hoja de papel periódico repleta de comida– los acompañan dramáticamente.

Inesperadamente, aquella plaza solemne toma vida. Un hombre cambia pregones por monedas bajo la sombra de uno de los deteriorados edificios que colman los alrededores de aquel escenario. Resuenan en las esquinas los chillidos de los jóvenes envenenados por el humo azul y hasta el variable ritmo del hombre orquesta, que hace música con cosas viejas, basura y algo de imaginación, estremece todo el lugar.

La muchedumbre abarrota la plaza, despedaza con su susurro ensordecedor el air. Un hedor de tumba sale de las calles aledañas para diseminarse por las paredes que ahora me resultan repugnantes mientras los mendigos contemplan el vacío en la lumbre de los cigarros y limpian sus platos improvisados de papel con un pedazo de cartón. Dejan caer las sobras sobre la mierda de las palomas, acosados por uno que otro perro, comensales habituales del lugar. Se podría decir que, al igual que antes, parece más las puertas del averno que un lugar construido para honrar a nuestros antepasados.

Como si fuese un viajero del tiempo, que se escapa en cada parpadeo, veo los cuerpos mutilados y putrefactos de aquellos grandes hombres que pelearon por nuestra independencia. Veo las imágenes sobre la iglesia: los santos patronos, indolentes que, en su silencio, desprenden un estruendo vomitivo.

Al regresar de tan fugaz apreciación, me encuentro con aquella plaza bañada con los cuerpos de los muertos vivos.

 imagen de La plaza de los Mártires tomada de http://es.wikipedia.org

Juan Manuel Torres
Estudiante de Comunicación Social y Periodismo
Bogotá, D.C., 16 de julio de 2013

Imágenes tomadas de http://bogotaenbogota.blogspot.com y http://mikesbogotablog.blogspot.com

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