A propósito del Premio Nacional de Novela, Burgos Cantor le contó a Noticentral sobre su proceso de creación y de cómo lo articula con su labor como director del Dpto. de Creación Literaria.                                                                   

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Foto: Rubén Iriarte, MinCultura

 

Con su más reciente publicación, Ver lo que veo, el maestro Roberto Burgos Cantor se hizo merecedor a este Premio Nacional de Novela 2018 que otorga el Ministerio de Cultura.

En el momento en el que hablamos con él, escasamente había tenido tiempo de descansar del bombardeo mediático que implicó este reconocimiento. Estuvo sitiado en su casa todo el jueves —día en que fue pública la noticia—, dando múltiples entrevistas y posando con su biblioteca y, por supuesto, con el libro Ver lo que veo.

Las diferentes publicaciones de los medios de comunicación de días pasados se han concentrado en las impresiones del autor sobre lo que significa para él recibir este premio, acompañadas de reseñas que invitan a los lectores a acercarse no solo a esta obra, sino a su producción literaria; pues, si bien este premio se trata en particular de Ver lo que veo, también implica un reconocimiento por su aporte a la literatura nacional.

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Por eso, querido lector, cuenta con material suficiente para que se anime a leer la novela del maestro Burgos Cantor, quien también ha sido reconocido con el Premio de Narrativa Casa de las Américas 2009 y finalista del Premio Rómulo Gallegos 2010, por La ceiba de la memoria (2007).

A continuación, lo invitamos a conocer más sobre el autor y su labor.

Para el maestro Burgos existen dos caminos creativos. Uno es aquel en el que el escritor hace una búsqueda minuciosa de información, con la pretensión de escribir de lo que no sabe; mientras que hay otros que aceptan el reto de la incertidumbre de escribir, es decir, se proponen hacerlo sobre lo que no saben.

¿Cómo es su proceso creativo?

“Yo creo pertenecer al grupo de las incertidumbres. Las novelas se me anuncian con una imagen. La aventura comienza por intentar desentrañar esa imagen, qué significa, qué dice. No me precipito, espero que el texto que estoy escribiendo me haga preguntas, voy acompasado con el texto, resolviendo la navegación”.

De esta manera el autor describe su viaje de incertidumbre cuando se enfrenta con el reto de la hoja en blanco. “Para quienes usamos este método —que implica un trabajo duro y esforzado— y en medio de esa escritura vemos el final, se convierte en una escritura de galeote: el final se convierte en una advertencia, el proceso de escritura debe conducir a esa revelación. Por esto es mejor no saberlo de manera tan anticipada; porque, si lo ves antes, se pierde un gran espacio para la navegación, el final se convierte en una presión por lanzar las anclas y fondear”.

Respecto al rol que desempeñan los programas de creación literaria en la formación de escritores, ¿cómo enseñar este tipo de libertades?

“Hay toda discusión alrededor de la validez de estos espacios, en cuanto a la duda de si realmente es posible enseñar la creación”. Burgos parte de que el escritor se autolegitima con base en la conciencia de su escritura, las reflexiones en clase solo son posibles si el autor es consciente del compromiso de escuchar y ser escuchado.

Quienes llevan bitácoras, diarios, escriben cartas a amigos reflexionando sobre lo que quieren hacer, tienen las referencias para saber cómo se hizo determinado libro. Este tipo de herramientas sirven para que los estudiantes vean que no hay experiencias universales, sino guiños, evocaciones, elementos que lo iluminan en su propio proceso”.

Para Burgos, al maestro, en su rol de guía, se le exige “mucho tacto, delicadeza e intuición. En estos espacios de estudios no se pueden imponer límites, pues los estudiantes vienen dispuestos a acrecentar su consciencia de escritor, —que no siempre se sabe que se tiene hasta que no se verbaliza, pues es un momento posterior a la escritura— al confrontar su experiencia con la de los demás”.

“El poder de las biografías, de las referencias que los escritores hacen de otros, es la evidencia de esa consciencia. Pero, ¿cómo relacionarse con alguien que somete algo tan libre como la creación a sistemas de evaluación, a lecturas de terceros? Quien se somete a esa crueldad de lo público, cuando la escritura inicialmente se trata de un ejercicio solitario, debe conocer la importancia del respeto por la voz del otro, para no imponer unos formatos a ese escritor cachorro que cree tener la vocación y que, de la manera más cruel, se está sometiendo al escarnio público, a la discusión y las opiniones de compañeros.

La pregunta que se hace un escritor libro tras libro es ¿cómo se escribe?

En el caso de los programas de creación ofertados por la UC, el autor aclara que el papel de la creación en la universidad es una experiencia muy retadora e interesante, porque no hay otros programas parecidos en Colombia y son muy escasos en América Latina.

“Yo creo que ahí puede estar el encanto y también el riesgo. A medida que hemos ido avanzando encontramos que el escritor de ficción que tiene experiencia académica se adecua más a nuestro programa, yo creo que se debe a que tiene más tacto en las relaciones de aprendizaje, sabe que no lo puede volver poder ni tiranía”.

La escritura no es como otras artes, como la música o la pintura, en las que hay muchos manuales de aprendizaje de las que los estudiantes aprenden ciertas técnicas; en la literatura no es posible hacerlo así, dice.

“Nuestros programas tienen la ventaja de ser un ejercicio de constante de búsqueda, ese tránsito entre el Taller de escritores al programa más formal, en los que tiene que ver ciertas asignaturas y evaluaciones, cuenta con el libro del maestro Isaías Peña, lo que funciona como un escalón, una génesis de la cual pueden partir, avanzar y lograr cosas. Al programa le ha permitido abrir el pregrado, la especialización y la maestría, lo que hemos aprendido, tanto estudiantes y maestros, es a agradecer”.

“Un día descubres lo útil que es que alguien note por sí mismo que no tiene la vocación. Como lo afirmó Truman Capote ‘cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse’”, expresa Burgos Cantor.

Respecto a cómo articula sus labores creativas con las administrativas dice, “en el Dpto. de Creación la burocracia no subordina nuestra labor académica, lo que permite una articulación interesante. No queremos administrativos aislados, sino que aporten a la renovación y la construcción del programa, asistiendo a los talleres, leyendo, asistiendo a los seminarios, esto implica un proceso de construcción continua y de cualificación humana de la labor de cada quien.”

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Foto: Rubén Iriarte, MinCultura

 

Sobre su rutina, ¿la recomienda como parte de la disciplina del escritor?

“Cuando tengo la posibilidad de la mañana, la prefiero sin duda, si no me encanta ser celador nocturno, aunque sé que ahí ocurren otras cosas. ¿Por qué la mañana? porque tiene una relación con la moral del escritor, cuando has cumplido con lo que más importa en tu vida, una vez sientes que has cumplido la tarea, que no implica a escribir un montón de páginas, sino a estar dispuesto a la escritura, a recibir la inspiración (si es que existe), el resto no importa.

Burgos Cantor no se ve como una guía a para los escritores en formación, además “no lo pretendería, porque es estimular una forma, y el éxito de nuestros programas es que cada quien descubra la propia. Dejo a los estudiantes en libertad”.

Su estilo de escritura, en la que se mezclan los monólogos con las narraciones en tercera persona, ¿cómo esta polifonía da cuenta de la complejidad de las historias que cuenta?

“Yo sé que tengo una preocupación importante en lo que escribo, una preocupación por el lenguaje. Vivimos quejándonos de cómo hemos reducido la utilización de nuestra lengua. Por ejemplo, medimos la cantidad de palabras para difundir la información. Esa disminución del lenguaje es una disminución de la vida, y, en el caso de América, donde hemos tenido un proceso violento de colonización y conquista, un proceso conforme a un modelo externo, y uno posterior, que quiso dar cuenta de la riqueza del territorio, de la naturaleza, la geografía, la botánica, y toda la riqueza aquí existente a manos de estudiosos europeos, sin ignorar el ideal político implícito en esos proyectos.

En ese proceso, acabamos con una población originaria a sangre y fuego: la cruz, la espada, el lenguaje, la religión, así se desapareció un mundo. El mundo que te ofrecen, el que narran los cronistas de indias, en su estado de maravillamiento referido a partir de la ignorancia que tiene de ese mundo y al código que tienen. Aun hoy nos enfrentamos a un proceso de sustitución”.

En cuanto a su proceso particular, dice “a cada pueblo que voy pregunto por los árboles, los animales o por la dirección en la que corre el río y nadie atina a responder, esa falta de percepción, de apropiarnos de lo nuestro, tiene que ver con el lenguaje, pues la manera en la que se nombran las cosas, forma parte de su existencia. Al diferenciar las maneras, la conciencia de los personajes, los tipos de narradores, juego con las posibilidades que ayudan a describir tanto a los personajes como el territorio en el que se desenvuelven”.

En Ver lo que veo, también se manifiesta una inclinación de hace años, “mi gran interés por el mundo de los que no tienen voz, de los que no aparecen en los medios. El interior de esa gente es muy rico, por eso el monólogo fue la solución, ya que una vez se ven conminados a hablar, dicen cosas de una belleza tremenda”.

Daniela Guerrero Acosta
Coordinación de comunicaciones
Bogotá, D.C., 30 de julio de 2018
Imágenes: cortesía del Ministerio de Cultura

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