En esta segunda entrega de la serie de ficción “Los fantasmas del Faenza”, María del Rosario Ortiz rememora algunas de las películas que se proyectaron en la época dorada de esta joya arquitectónica del Centro de Bogotá.

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Ellos fueron felices en su nuevo hogar cuando las luces se apagaban. El telón se abre y en la pantalla se suceden escenas de una trama llena de intrigas, amor y peligro. En el gran café de Casablanca, Sam, el negro Sam, canta e interpreta al piano la tonada As time goes by. Entre los contertulios del lugar se mezclan espías, miembros de la Resistencia francesa, árabes, alemanes y algunos oficiales del ejército proclives al régimen nazi. Allí también están Bogart, la Bergman y su marido.

Él y ella miran absortos el film. Él acerca su rodilla a la de ella. Su quietud lo envalentona y continúa presionando su muslo contra el suave y firme de la joven mesera. Al final de la película, en la escena del aeropuerto de Casablanca, Humphrey se despide para siempre de la Bergman. Habían vivido un gran amor, al que le decían adiós.

El hombre suspiró. Él también había dejado un amor. A los veinte años había conocido a una mujer casada, diez años mayor que él, con quien había sostenido un largo romance. Pero había dejado a Isabel para que siguiera su vida con su esposo y sus hijos. Él nada podía ofrecerle. De vez en cuando ganaba unos pesos redactando memoriales. Con lo poco que le quedaba, después de pagar la pensión, compraba libros que llevaba a su pieza y que devoraba por las noches con pasión.

Ella percibió en él una gran tristeza. Apretó con fuerza su mano, posada sobre el brazo de la silla. Él acarició la torneada pierna. Se miraron. Se besaron. Así fue el inicio del amor que perduraría para siempre.

Ella también tenía su historia. Al ver Lo que el viento se llevó, la recordó. Scarlett O’Hara conquistaba al novio de su dulce y frágil prima, Melanie. A ella le había sucedido algo parecido. Su mejor amiga le había quitado el novio con el que se iba a casar. Le había entregado su honor cuando él le prometió matrimonio. Él incumplió su palabra y ella quedó sin su honor. Se largó con su ex mejor amiga. Nunca más los volvería a ver. Mejor así.

Su adicción fue el cine. Su inspiración también. La voluptuosidad de Rita Hayworth en Gilda les despertó el deseo que satisfacían en los balcones del teatro. Se escondían en el gallinero a practicar las artes del amor. Nunca en la vida habían sido tan felices.

La dama de las camelias, con Greta Garbo, Romeo y Julieta y, en general, todas las historias de amor que terminaban en forma trágica, les hacían llorar.

Reían con El gordo y el flaco y con Cantinflas.

Sufrían con los horrores de la guerra en Europa. La señora Miniver los conmovía, y Adiós a las armas y Sin novedad en el frente los llevaban a pensar en la inutilidad de las contiendas bélicas. También ellos se sentían víctimas.

Las películas de vaqueros, con disparos que van y vienen, les recordaban el sonido de las balas que habían escuchado en la calle antes de entrar al Teatro Faenza.

Él le contaba las historias de la Historia.

A ella le encantaba escucharlas de su boca. Era un hombre tan culto y ella solo había llegado a primaria. Era delicioso oírlo hablar de las pasiones, de las intrigas, de las traiciones de los grandes personajes.

Ben-Hur y Espartaco le sirvieron para relatarle historias del Imperio romano.

Liz Taylor en Cleopatra le abrió el mundo egipcio.

Con el pretexto de la historia de Penélope, que tejía y destejía una gran colcha esperando a su amado Ulises, le habló de los grandes escritores griegos.

En Ana y el rey de Siam, la deslumbró con la arquitectura y las costumbres de Oriente.

Ella se identificaba con la vendedora de violetas de Pigmalión. Se había convertido en una gran dama y, como tal, se sentaba en el palco, junto al escenario, a ver El fantasma de la ópera. Estaba sola porque a él no le gustaba esa película. El fantasma le parecía tan monstruoso como esas caras grises pintadas en las paredes laterales de los balcones barrigones.

Se bajaba, entonces, a la “Cantina” del primer piso, a escuchar a los hombres que, en medio del humo de cigarrillos y una que otra bebida espirituosa, charlaban de política y del acontecer del país.

Al finalizar la película, se volvían a juntar. Él le contaba lo que pasaba en Bogotá. De la violencia desatada en los campos. De los desplazados que llegaban a la ciudad. Ella se preocupaba por su familia campesina. Pero nada podía hacer. Así pues, volvía a las películas.

Cuando bailaban con Fred Astaire y Ginger Rogers, se sentían volar como las aves que adornaban el arco de boca del escenario. Los porteros los dejaban tranquilos: ya estaban acostumbrados, eran inofensivos.

Cuando llovía, bajaban por las escalinatas que llevaban a la calle. “Cantando bajo la lluvia” jugaban con los rosetones que circundaban la gran puerta de entrada. Admiraban los bellos rostros de las figuras femeninas en piedra que colgaban de la fachada. Subían a la parte más alta del teatro y, apoyados en una acrotera, observaban despuntar el amanecer detrás del cerro de Monserrate.

Como a los fantasmas les hace daño el sol, se tomaban de la mano y por una rendija se deslizaban hacia la penumbra protectora del tejado enmaderado del Teatro Faenza.

Acerca de la autora 

12 06 2017 interna fantasmas del faenza

 

Periodista, escritora y activista política en sus años de juventud, María del Rosario Ortiz Santos ha sido testigo de excepción de algunos de los acontecimientos históricos más importantes del país de la segunda mitad del siglo XX y de principios del siglo XXI. En la actualidad, es la coordinadora de protocolo de la Universidad Central.

María del Rosario Ortiz Santos
Coordinadora de protocolo 
Bogotá, D.C., 7 de diciembre de 2017
Imágenes: Dpto de Comunicación y Publicaciones

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