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La edición 2015 de la Temporada del Arte se configuró como espacio de diálogo, reflexión y análisis de los retos que le esperan a Colombia en el posconflicto.

Muchas son las historias que puede contar un país sometido a la violencia por más de medio siglo: relatos anclados en lo más profundo de la memoria de víctimas y victimarios, esperando a ser reconstruidos y narrados. Escuchados por aquellos que no conocen el rigor y el dolor de esta guerra que ha acabado con la vida y sueños de más de seis millones de colombianos.

En tantos años ninguna región colombiana ha escapado del horror; aunque en el centro tal vez no se ha vivido con tanta crueldad como en los Llanos orientales, el Magdalena Medio o el Pacífico. Paraísos convertidos en purgatorios, en limbos obligados para sus habitantes, quienes soportaron en silencio la pérdida de sus tierras, sus animales, sus familiares y amigos, so pena de acabar metidos en fosas comunes.

Hasta mediados del 2014, los números registrados por la Unidad de Víctimas dieron mayor claridad sobre el terror vivido: más de 45.000 desaparecidos, cerca de 28.000 secuestrados, 55.000 víctimas de actos terroristas, 10.200 víctimas de minas antipersona, 6.500 casos de tortura y 4.000 casos de violencia sexual. Esto sumado a los más de 5 millones de desplazados y 220.000 seres humanos asesinados.

Pero, sus historias no quedarán en el olvido.

Hacer memoria es volver a vivir

“Somos nuestra memoria —dijo Borges—, ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”. La memoria es, como lo han demostrado experiencias alrededor del mundo (Sudáfrica, Chile, Argentina o Alemania), la forma más efectiva para reparar, esclarecer y enseñar a la sociedad el respeto por la diferencia, y así garantizar la no repetición.

En el caso de Colombia, el trabajo del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) en el esclarecimiento de los crímenes cometidos por grupos armados contra la sociedad colombiana es admirable. Su compromiso con la verdad, contada por las víctimas, y no en nombre de ellas, hace que este país de ‘indignados’ sepa lo que ocurre y se solidaricen.

María Emma Wills, asesora del CNMH, afirma que “las personas cuentan su historia porque quieren romper su soledad”, y lo que ha ocurrido en muchas regiones del país es que las víctimas se han empoderado de procesos de resistencia, pues “tienen un reclamo, no solo hacia los actores armados, sino hacia la sociedad en general, que ha sido indiferente en extremo”.

“Gran parte de nuestro compromiso, no solo desde el CNMH, sino como sociedad, es romper con la soledad de las víctimas —asegura Wills—, que no haya indiferencia ni indulgencia frente a lo que ocurre en el país, sino que realmente se levanten barreras morales frente a la violencia ejercida contra otros seres humanos”.

La apatía de gran parte de la sociedad y el Estado motivó a los ciudadanos de muchas regiones a decir ¡no más!, a organizarse y perseguir el cumplimiento de su derecho a la reparación, a la construcción de memoria y a que se les garantice la no repetición. De esta manera lograron la creación de santuarios, museos comunitarios y parques, y la instauración de acciones en el espacio público, como ceremonias o peregrinaciones.

Territorios de no violencia

Buenaventura, puerto marítimo de gran importancia para la economía colombiana, es una ciudad próspera para las empresas que allí operan. Pero no para sus habitantes, que a diario ven cómo el terror se apodera del lugar, consecuencia de la proliferación de bandas criminales y la carencia de proyectos sociales.

Aunque hasta hace poco tiempo se conoció el término “casas de pique”, la violencia en Buenaventura ha sido recurrente en las dos últimas décadas. El puerto es escenario de confrontaciones armadas, asesinatos selectivos, masacres, desapariciones y torturas por desmembramiento de cuerpos, producto de la constante lucha por el control del territorio y el tráfico de drogas.

Ante este panorama, los habitantes de las calles Icaco y Puente Nayero (calles de casas de madera que le han ganado terreno al mar rellenándolo con basura, y reconocidas por albergar “casas de pique”), no quisieron esperar una respuesta del Gobierno y le cerraron la puerta a la violencia, literalmente. 

Según Jhon Eric Caicedo, gestor cultural y líder comunitario de Buenaventura, “la idea de poner una puerta bloqueando la entrada a la calle parece simple, pero en realidad tiene una carga simbólica muy fuerte, pues tienen prohibido el paso aquellos que no están invitados, los violentos, los que le hacen daño a la población civil”.

Caicedo añade que estos sitios, conocidos como Espacios humanitarios, “son diferentes de las ‘zonas humanitarias’ porque ellos se encuentran en sus casas, en sus barrios, con su gente”. Son el símbolo de la reivindicación de una población que se cansó de vivir en medio de la violencia y las armas, de que el resto del país los vea con lástima y les ponga la etiqueta de víctimas.

“Queremos que dejen de llamarnos así porque, aunque nos han hecho mucho daño, nos levantamos todos los días pensando en qué vamos a hacer para vivir mejor, en paz”, concluye.

Es necesario que, además de un compromiso serio del Gobierno con las personas que han sido afectadas por el conflicto armado, la academia se involucre de manera activa en la recuperación de la memoria histórica. 

Esta Temporada del Arte, cuyos ejes temáticos fueron arte, ciencia y territorio, es tan solo una pequeña muestra de lo que se puede hacer desde las universidades. La reflexión es útil, pero no es suficiente si lo que se busca es la regeneración del tejido social como aporte para consolidar la democracia en Colombia.

Vea aquí el panel Territorio y conflicto en la tensión Región-Estado: el caso Buenaventura.

Daniel Rocha
Coordinación de Comunicaciones
Bogotá, D. C., 09 de noviembre de 2015
Imágenes: Departamento de Comunicación y Publicaciones

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