12 14 2015 vida publica interna

Este fue uno de los ejes temáticos del “Seminario Internacional El Centro es tu Casa”, organizado por el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural (IDPC) y la Corporación de Universidades del Centro de Bogotá.

Uno de los grandes ‘problemas’ a los que deben enfrentarse los gobiernos de las grandes urbes en el mundo es la recurrente invasión del espacio público por parte de vendedores ambulantes y artistas callejeros. Pese a los múltiples esfuerzos realizados para la recuperación de zonas que deberían ser exclusivamente peatonales, en las calles abundan el mercado informal, la música, la pintura, y los malabares.

Ante esto surge la inevitable discusión sobre cuál es el propósito de eso llamado espacio público, cuya concepción puramente física, y en cierto modo aséptica, ha restringido sus posibilidades al punto de pretender ocultar lo evidente, en lugar de organizarlo. Como si no existiera en las administraciones una consciencia de que los centros urbanos sin seres humanos no son más que aglomeraciones de concreto y hierro sin ningún valor. 

No se trata, pues, de espacio público sino de vida pública, entendida como el uso que se le da a la ciudad, no solo para el usufructo económico sino también para el desarrollo social. Para que los ciudadanos puedan moverse a través de senderos verdes, disfrutar de diversas manifestaciones culturales y de las actividades comerciales (reguladas, por supuesto) que ofrecen sus conciudadanos, así como de espacios libres de vehículos.

José María Ezquiaga, doctor en arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid, e invitado especial al Seminario, planteó al respecto que “es necesario hacer el tránsito hacia un nuevo urbanismo, basado en la transformación y no en la expansión, en la compacidad —relación entre el espacio utilizable de los edificios (volumen) y el espacio ocupado por la superficie urbana (área)—, la cultura ciudadana y la potenciación cultural”.

¿Cómo lograrlo?

Es una cuestión difícil de solucionar si se tiene en cuenta la gran cantidad de personas que llegan a Bogotá en busca de oportunidades laborales y de vivienda, principal razón de la expansión de la ciudad hacia los extremos. Según Ezquiaga, para lograr una ciudad compacta es obligatoria su delimitación, pero esto no se logra arbitrariamente, sino por medio del consenso entre gobierno y ciudadanos, lo que implica un largo trabajo de socialización y discusión sobre la formulación y aplicación de políticas públicas.

Sin embargo, la participación de la ciudadanía no debe limitarse a la discusión de políticas, sino reflejarse en una intervención activa para la consolidación de una cultura del cuidado de los espacios y el respeto a las normas cívicas. Ezquiaga resalta los logros obtenidos en cultura ciudadana a mediados de los años noventa, afirmando que durante ese periodo vivió en Bogotá y le parecía sorprendente la respuesta de los ciudadanos a campañas que parecían simples, pero cuyo alcance significó una transformación que perdura hasta hoy (así sea solo en la memoria) y que recibió reconocimiento internacional.

Otro de los invitados al Seminario fue René Caro, miembro de la Autoridad del Espacio Público del Gobierno de México D. F., quien, a propósito de la vida pública en la ciudad, asegura que la revitalización de las centralidades de su ciudad se debe en gran parte a la estimulación de la vida pública.

“Se ha logrado una revalorización del espacio público a partir de ello. Además, la implementación de políticas de movilidad alternativa, no motorizada, ha hecho que estas zonas de la ciudad adquieran un valor cada vez más interesante para población que había decidido irse a vivir a las periferias, y que ahora ha regresado porque sus trabajos o estudios están más cerca. Eso es calidad de vida”, afirma Caro.

La ponencia realizada por el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, a propósito de la revitalización del centro, va por la misma línea. Para Miguel Hincapié, subdirector general de esta institución, “revitalizar no es solo redensificar: consiste también en la rehabilitación de monumentos y el reciclaje de estructuras a través de arquitectura respetuosa. No solo debe trabajarse en preservar el patrimonio declarado, sino también en todas las capas que lo componen, y esto implica reconocer las distintas manifestaciones culturales del centro de de la ciudad, que forman parte de su vida pública”.

Según la Unesco, el patrimonio cultural no se limita a monumentos y colecciones de objetos, sino que comprende, también, tradiciones o expresiones vivas que han sido heredadas de nuestros antepasados y deben ser transmitidas a nuestros descendientes, y en Bogotá convergen todas las manifestaciones culturales del país: las plazas de mercado de La Perseverancia y el 20 de Julio, las chicherías del Chorro de Quevedo, los restaurantes de comida de mar ubicados sobre la carrera cuarta, las ventas de aguacate y chontaduro, la música llanera, la salsa y el vallenato que acompañan el recorrido a pie por la carrera séptima y los chorizos santandereanos del Museo Nacional, dibujan a Colombia en este lienzo de concreto.

Ahí radica la importancia de la vida pública en la construcción de ciudad.

Daniel Rocha Gutiérrez
Coordinación de Comunicaciones
Bogotá, D. C., 21 de diciembre de 2015
Imágenes: Departamento de Comuncación y Publicaciones

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